RECUERDOS




Querido Carlos:

        Me ha costado mucho decidirme a escribir esta carta y más aún poner en orden las ideas para que salga algo con sentido. Casi con toda seguridad podría decir que poco te importará lo que leas en estas pocas líneas, pero te prometo que no te llevará mucho hacerlo; sólo te haré perder unos escasos minutos de tu valioso tiempo. Ya sé que han pasado muchos años y que nuestras vidas han seguido caminos distintos, pero.......yo nunca he dejado de pensar en ti, no he podido olvidarte. A pesar del tiempo y la distancia, sigues muy presente en mi corazón y en mi mente. No sé si alguna vez te acordarás de mí, para ser sincera dudo mucho que lo hagas; yo sí te recuerdo cada día, y recuerdo cada detalle que pasó y cada palabra que salió de tu boca, durante los 4 años que duró nuestro paso por el instituto. Recuerdo que desde el principio me llamaste la atención, pero no sé si solo fue eso, o si en el fondo me gustaste de verdad y no me había dado cuenta.  Ya sé que por aquél entonces todos éramos unos niños de 14 y 15 años, y que lo normal es tener un comportamiento acorde a esa edad, como niños, pero en ti me pareció ver un dejo de madurez. Eras buen compañero y siempre estabas atento a los deberes, trabajos y exámenes, obteniendo buenas calificaciones. Realmente no sabría decir, pero me pareciste un chico muy especial, diferente a los demás. No sé si recordarás un día en que no tuvimos clase a última hora, y después de andar cada uno por su lado coincidimos en una esquina de una calle. Tú ibas hacia el instituto y yo hacia mi casa. Nos paramos un instante y tras una breve conversación nos despedimos; cuando empezamos a caminar,  en tres ocasiones ambos nos dimos vuelta para mirarnos. No sé por qué pero coincidíamos. Cada vez que yo miraba hacia atrás para observarte, tú también lo hacías y rápidamente volteábamos la cabeza. Aún no entiendo que significó eso. Bueno por mi parte sí, pero por la tuya es difícil saberlo. No quiero siquiera pensar que pude haberte gustado, o llamado la atención, aunque fuera un poquito, durante nuestro primer curso. Me dolería demasiado saber que aunque sólo fuera por poquito tiempo, le gusté al chico más especial que he conocido mi vida. Aunque bueno, supongo que eso nunca llegaré a saberlo ¿no?, ya que hará mucho tiempo que lo habrás olvidado.
Recuerdo que en el segundo curso fuimos juntos a diseño, una de las asignaturas optativas que podíamos elegir al hacer la matrícula. Una de las actividades que realizamos fue fotografía, concretamente aprendimos a revelar ¿te acuerdas? Aprendimos a revelar a la antigua usanza: en el cuarto oscuro y con todos los objetos y aparatos necesarios para ello. Recuerdo que, no sé cómo ni por qué, nos tocó hacerlo juntos (el cuarto oscuro era muy pequeño y no había suficientes aparatos para revelar todos a la vez). Allí estábamos, tú y yo en el cuarto oscuro, uno al lado del otro, intentando enganchar los carretes de nuestras cámaras en un aparato y evitando poner un dedo encima o que cayeran al suelo. Mis nervios estaban a flor de piel, porque aunque no te veía, te sentía cerca, delante de mí. Después de un rato de estar intentando, conseguí enganchar mi carrete y como tú no podías, me pediste ayuda; aprovechando que me dabas el tuyo y que estábamos a oscuras, nuestras manos se tocaron. Una especie de corriente eléctrica recorrió mi cuerpo al sentir el tacto de tu piel. Al final logré colocar tu carrete y te alegraste tanto que me dijiste que no me dabas un beso porque no me veías y me diste las gracias. Carlos, te puedo asegurar que me quedé boquiabierta y en mí se entremezclaron sentimientos encontrados: por un lado hubiera dado lo que fuera porque la luz estuviera encendida (obviamente para que me dieras ese beso) y por otro agradecí que no lo estuviera porque la cara que se me había quedado me hubiera delatado muy fácilmente. Esos dos días que pasamos juntos revelando nuestras fotos, fueron muy bonitos para mí, porque aunque sólo fuera eso, compartí algo contigo. Además pude ver todas esas imágenes de cosas y momentos que habías querido captar con tu cámara, esas que querrías guardar en tu recuerdo, un trocito de ti. Recuerdo que el último día de clase, por algún motivo que desconozco, coincidimos casi todo el instituto en una playa ¿te acuerdas? Aunque prácticamente ni me acerqué a ti, te recuerdo allí, entre las rocas, recuerdo los celos que sentía del sol y del mar, porque ellos con sus rayos y sus olas, acariciaban tu cuerpo. ¡Como deseaba ser mar, para rodear tu cuerpo con el mío! También recuerdo que me metí al agua para nadar un poco y refrescarme y a los pocos minutos, en un momento que me giré, te vi nadando muy cerca de mí. No esperaba que hicieras eso y me sorprendió muy gratamente. No hablamos, y ni siquiera recuerdo si nos miramos o nos saludamos. Sólo se que nadaste cerca de mí. 
         El tercer curso significó para mí darme cuenta de que estaba enamorada. Lo que estaba sintiendo por ti nunca lo había sentido antes. Esas punzadas en el corazón, deseos de verte a cada momento, de estar junto a ti......pero mi excesiva timidez, unida a los nervios que sentía cuando estabas cerca, hacía que me resultara todo un reto poder decirte aunque fuera una palabra. Cada vez que quería hablarte, componía en mi cabeza una especie de guión con algunas preguntas y frases y las ensayaba mentalmente para asegurarme que me saldrían del tirón y que no empezaría a tartamudear. A menudo no conseguía que fuera una conversación coherente y terminaba por sentirme estúpida. ¿Por qué me resultaba tan difícil hablar contigo si lo deseaba tanto? Durante todo ese año te escribí mil y una cartas, pero éstas siempre terminaban en la basura. Supongo que nunca tuve la intención de enviártelas, pero de alguna manera necesitaba decirte lo que sentía, aunque tú nunca las leyeras. Pero también hubo algo que me alegró enormemente: te entusiasmaba la música del grupo musical que yo idolatraba. No podía creerlo, pero era así ¿te acuerdas? Te encantaba algo que yo amaba con todas mis fuerzas. Incluso me pediste prestados todos sus discos. Fue maravilloso para mí compartir algo contigo, aunque se tratase de algo tan simple como la música de un grupo musical. Recuerdo también que mi compañera de pupitre decía que tú eras mi Romeo y yo era Julieta. ¿Gracioso no? Pero de alguna manera creo que tenía razón, porque aunque tú no estabas enamorado de mí en absoluto, nuestro amor era imposible, tu amor estaba prohibido para mí. Eras mi Romeo y yo la Julieta que nunca logró estar junto a ti...... Recuerdo también que una tarde de primavera, poco antes de finalizar el tercer curso, ambos fuimos a hacer un examen de historia (mi talón de Aquiles) ¿te acuerdas? Yo salí antes que tú, y, mientras esperaba, hice acopio de valor para pedirte, cuando salieras, que me llevaras en tu moto hasta la casa de una amiga a buscar unos apuntes. Tu aceptaste encantado y los pocos minutos que duraron la ida y la vuelta a casa de mi amiga, fueron los mejores de mi vida. Pensarás que exagero, pero es la única vez que te tuve tan cerca: la parte externa de tus muslos rozándose con la parte interna de los míos, yo agarrada a tu cintura como si la vida me fuera en ello, con tu espalda a unos centímetros de mi cara y el olor de tu perfume que me penetraba por todos los poros de la piel y que me enloquecía. Hubiera dado lo que fuera por abrazarte con todas las fuerzas de que era capaz, apoyar mi cara en tu espalda......pero como siempre, tenía que fingir. Era muy duro y muy difícil tener que fingir y comportarme como cualquier compañera de clase, cuando me moría por estar contigo, por sentir tus brazos alrededor de mi cuerpo, tus labios dando un beso de amor en los míos, y sobre todo, por oír esas dos palabras que para mí son mágicas: te quiero. Pero era consciente de que eso solo lo podía soñar, porque tú, nunca, jamás, te fijarías en mí. Ay! si supieras la de veces que he soñado con oírte decir esas palabras.....! Pero siempre me las has negado...... Volvimos al instituto y tuvimos que correr para llegar al aula donde habíamos dejado algunas cosas y bromeamos con la posibilidad de quedarnos encerrados en el edificio. ¿Te imaginas si nos hubiéramos quedado los dos solos metidos ahí adentro? Suena a chiste, pero no me hubiera importado en absoluto. Sería feliz por el simple hecho de estar a tu lado. 
¿Sabes? Cuando me despertaba por las mañanas tú eras en lo primero en que pensaba y me levantaba alegre y deseando llegar cuanto antes al instituto. Muchas veces he llegado a pensar que eras el único motivo por el que me levantaba llena de optimismo cada mañana. Ahora, transcurridos unos años y con un poco más de madurez y sentido común, me doy cuenta de que estaba totalmente equivocada. Cuando eres una adolescente puedes llegar a pensar, decir o hacer muchas tonterías que en ese momento te parecen importantes pero que cuando pasan unos cuantos años te das cuenta de que eran cosas de la edad y que, con toda seguridad, las exagerabas. ¡Cuántas tonterías puede llegar a pensar o hacer una a esa edad!
Por cierto otra cosa que recuerdo son las clases de filosofía que dábamos en el parque de al lado del instituto cuando hacía buen tiempo ¿lo recuerdas verdad? Íbamos allí y nos acomodábamos todos en el césped: sentados, acostados, .... y hablábamos de muchos temas con el profesor. Pero mi mayor recuerdo es verte allí, recostado en el césped y tener que reprimir los deseos de echarme a tu lado y de que tú me rodearas con tus brazos, me besaras y nos dejáramos guiar por nuestros corazones. Pero una vez más debía fingir, guardarme los deseos y sentimientos en el corazón e intentar concentrarme en la clase. ¡Qué difícil me resultaba!
Nuestro último año juntos fue el más doloroso para mí, porque mis sentimientos llegaron a un punto que ni yo pensé que podían llegar. Creo que lo que sentía (y aún hoy sigo sintiendo) se podría definir como obsesión, aunque la verdad es que ya no entiendo ni lo que siento. Mi cabeza y mi corazón son un revoltijo de razonamientos y sentimientos que no me conducen a nada claro. Te echaba de menos a todas horas: en clase, en educación física, etc. Cada vez que miraba el pupitre que habías ocupado el año anterior, tú no estabas sentado en él, sino un extraño, y se me hacía muy difícil poder soportarlo. Lo único que tuve “controlado” sobre ti (deberes, exámenes, trabajos, etc. puesto que yo tenía que hacer lo mismo) se había esfumado. Ahora te veía sólo en los recreos y aprovechaba los cambios de clase para salir y mirarte desde las barandillas del piso de arriba y, por espacio de unos segundos, nuestras miradas se cruzaban y nos intercambiábamos un casi imperceptible hola. Yo esperaba impaciente cada cambio de clase y cada recreo para verte. Pero incluso hasta eso comenzó a ser doloroso para mí. Con solo mirarte sentía como si me estrujaran el corazón y me dolía tanto que creía que me moriría. Allí estabas tú, físicamente a escasos metros, pero a miles de kilómetros espiritualmente..... Un día reuní el suficiente valor para pedirte ayuda para un libro de inglés ¿te acuerdas? y pasé los dos mejores recreos de mi vida, contigo, a tu lado en la biblioteca, muy cerquita de mí, y aunque fuera por unos minutos (muy cortos) disfruté de tu compañía; durante unos minutos te tuve solo para mí. Aunque terminaste pronto de ayudarme, te quedaste allí, conmigo, recordando los "viejos tiempos", es decir, hablando de los anteriores cursos. Y justo cuando parecía que estaba flotando entre las nubes, sonó el timbre y de golpe y porrazo me encontré de nuevo pisando tierra. Con una cierta frustración tomé mis cosas, tú las tuyas, y nos pusimos de pie, para dirigirnos acto seguido cada uno a nuestra respectiva clase. Cuando llegamos a las escaleras nos despedimos y cada uno se marchó por su camino. Todo esto fue para mí fantástico, todo un logro.  
Durante ese año, sucedió la culminación de mis sentimientos: me dejé llevar por esa.....obsesión....y  por mi desmesurado romanticismo y en el día de San Valentín te dejé una poesía de amor ¿te acuerdas? De esto supongo que te acordarás, o, por lo menos, recordarás vagamente una poesía donde una niñata tonta te abría su corazón. Aunque pretendí que fuera anónima, terminaste por enterarte de que había sido yo. Y como las cosas, tanto buenas, como malas o estúpidas, hay que hacerlas bien,  yo redondeé el asunto escribiéndote un par de cartas. Solo pretendía aclararte mis sentimientos y como éstos fueron creciendo poco a poco dentro de mí.........pero como  te he dicho antes, metí la pata hasta el fondo, digamos que hice la mayor estupidez de mi vida, y la hice a conciencia. Dicen que las mayores tonterías se hacen por amor…. y ésta fue la mía. Es muy difícil plasmar un sentimiento en un trozo de papel, y supongo......que al intentar hacerlo......se me liaron las palabras y entendiste lo que no era. Entendiste algo así como que yo pensaba que te gustaba y pasaste de comportarte como un buen compañero a ni siquiera mirarme cuando pasabas por mi lado. Sé que lo hacías porque pensabas que me haría ilusiones contigo pero créeme que nunca las tuve. Cuando nos cruzábamos por las escaleras o por un pasillo, me ignorabas. ¿Puedes siquiera imaginar lo que esa situación llegó a dolerme? No lo creo, no creo que sepas lo que se siente. ¿Sabes? No quiero pensar ni por un momento que puedas sufrir o que puedas pasar malos momentos. Me importas mucho y solo quiero que seas feliz. Pero aunque sea por un momento me gustaría que sintieras esto que te estoy describiendo, para que puedas llegar a entenderme aunque sea un poco. Pero bueno, afortunadamente esto duró poco tiempo, y volviste a ser el de siempre. ¿De verdad me creías tan tonta? ¿O es que ésa era la imagen que daba en aquel momento? Estaba un tanto trastornada por todo lo que estaba sintiendo, sí, pero.......aún me quedaban retazos de cordura y sabía perfectamente que tú no compartías mis sentimientos. Si algo tenía, y tengo, claro era eso. Te aseguro que no hay día que no me arrepienta de haber escrito esas cartas y aún hoy me muero de vergüenza al recordarlas, pero lo hecho hecho está ¿no es cierto? Aunque creo que nunca me arrepentiré lo suficiente.
Después de dejar el instituto y durante una temporada (un lapsus de tiempo, para mi largo, en el que no supe de ti) creí que te había olvidado, pero a la vez sentía como un gran vacío dentro de mí, algo raro que no lograba entender. Un día una amiga me dijo que ese vacío era porque aún te seguía queriendo y ¿sabes qué? el vacío desapareció. Supe que tenía razón.
A partir de aquí las pocas veces que nos vimos eran como.......pequeños rayos de luz para mí. Al año de finalizar esa etapa de nuestras vidas (el instituto) te volví a encontrar. Fue un sábado por la noche. Por algunas cuestiones que no vienen al caso, digamos que no lo estaba pasando del todo bien y cuando te vi, fue como si el sol volviera a brillar otra vez entre las tinieblas. Además me saludaste con un par de besos. Te estarás preguntando ¿y qué tiene de especial un par de besos? Para mí fue lo más especial del mundo, porque tus labios y tus mejillas rozaron las mías y mis labios y mis mejillas rozaron las tuyas; tu piel con mi piel, tus labios a pocos centímetros de los míos..... Y volvieron a mi cuerpo esos escalofríos que me resultaban tan familiares y que tantas veces me habías hecho sentir. Después de esto nuestros encuentros fueron esporádicos, algún que otro sábado, cinco o diez minutos de charla y.......cada uno por su lado. Era totalmente incapaz de mantener una conversación más larga contigo y tú no estabas por la labor de perder más tiempo conmigo ¿verdad? Cuando te veía, estratégicamente me colocaba en algún sitio desde el cual pudiera observarte sin que te dieras cuenta. Con eso me conformaba. Después de pasar cuatro años viéndote cada día y durante varias horas, ahora te veía de vez en cuando, así que.......había que conformarse y aprovechar para grabar tu cara en mis retinas y que ésta aguantara ahí para recordarte hasta que volviera a verte. En fin que en esos momentos y después de armarme de valor.......intentaba hacerme la encontradiza para poder hablar un poquito contigo. ¿Sabes? Durante esos minutos, en los que te miraba y hablaba contigo, el mundo entero desaparecía para mí, solo existías tú. Pero cuando te ibas, yo dejaba de ser la misma, el mundo se me hundía y lo único que quería era poder descargar toda la rabia, la frustración y la tristeza que me oprimía el corazón y que con mucho esfuerzo lograba reprimir.
Acabo de recordar algo que me hizo darme cuenta de un detalle muy tierno por tu parte. Fue un sábado por la noche, una de las tantas noches que salíamos a divertirnos con nuestros respectivos amigos. Esa noche en cuestión, yo estaba en una cafetería con unas amigas (estábamos a punto de salir por lo que nos encontrábamos a un paso de la puerta) y apareciste tú en tu coche. Ibas con Enrique, tu mejor amigo, y decidiste estacionar justamente casi enfrente de la cafetería. Ambos se bajaron del coche, lo cerraste y justo cuando empezaban a dar unos pasos hacia el lado contrario de donde yo estaba (la suerte siempre me ha rehuido) un niño pequeño que estaba por ahí jugando se acercó a tu coche y creo que empezó a mirarlo y a dar vueltas a su alrededor. Tú te diste cuenta, volviste sobre tus pasos y muy amorosamente lo tomaste en brazos. Diste unos pasos con él entre tus brazos y diciéndole algo (imagino que una pequeña regañina o algo así, pero dulcemente claro) y luego volviste a dejarlo en el suelo. ¿Sabes? Me dejaste absolutamente maravillada; fue lo más tierno que te vi hacer o decir jamás y mientras observaba como te alejabas, pensé que en un futuro serías el mejor padre del mundo. Aunque solo fue ese detalle, con él me demostraste cuan tierno puedes llegar a ser. Verte con un niño en brazos.............fue la mejor prueba de ello. Seguro que de esto tampoco te acuerdas, pero es otro más de los recuerdos sobre ti que guardo en mi memoria.
El verano del 98 nuestras miradas se cruzaron por última vez. Fue la última vez que escuché tu voz, la última vez que te dirigiste a mí, aunque solo fuera con un "hola", un sábado que por casualidad nos cruzamos en la calle. Bueno he de decir que ese Año Nuevo, después de estar toda la noche de fiesta, a mis amigas y a mí se nos ocurrió ir al pueblo de al lado a tomar el famoso chocolate con churros. Después de eso nos quedamos esperando el autobús que nos llevaría de regreso a nuestro pueblo. Allí estábamos, muertas de frío, muertas de sueño y con los pies hechos polvo por culpa de los tacones (esa noche hacía un frío de espanto y nosotras íbamos con nuestros vestidos de fiesta y apenas un ínfimo abrigo. Ya se sabe, las mujeres a veces estamos dispuestas a “sufrir” el frío por ponernos algo bonito o dolor de pies por unos zapatos), cuando de repente apareciste tú. Cruzaste la calle, unos cuantos metros más allá de donde estábamos nosotras, y apenas pude verte. Sólo te vi de perfil y te juro por lo que más quieras, que mientras te observaba el frio desapareció. Me olvidé de que tenía frío. No tuve frio, ni dolor de pies, ni cansancio. Por supuesto tú ni te percataste de mi presencia. Poco a poco te fuiste perdiendo entre los puestos de la feria que se estaba armando a esas horas de la mañana, hasta que desapareciste.
La última vez que te vi, fue un día que pasaste cerca de mí con el coche y seguramente ni te diste cuenta de que yo estaba ahí. Ocurrió unos tres años después de esas navidades, pero me pasó algo que ni yo me puedo explicar. Iba en autobús. Estaba sentada en el lado derecho, con lo cual ver los coches que pasaban por el otro lado era más bien difícil. Ni siquiera me fijaba en ellos, pero al llegar a un cruce y sin saber la razón, algo hizo que desviara la vista hacia el lado izquierdo y viera tu coche; y lo que es más, vi tu matrícula. No sé cómo pude ser capaz de ver tu matrícula en esas milésimas de segundo que pudo durar el cruce de nuestros vehículos, pero así fue. No hace falta que te diga lo que eso significó para mí. Me puse tan nerviosa que no sabía cómo reaccionar. Claro que lo mejor vino al día siguiente. De nuevo fui en ese autobús, pero esa vez me senté en el lado izquierdo. No sé exactamente el qué, pero algo en mi interior me dijo que debía sentarme ahí. Durante todo el trayecto no dejé de estar atenta a cada vehículo que pasaba por nuestro lado, hasta que llegamos al mismo cruce y....allí estabas tú. Esta vez tanto tú como mi autobús se frenaron y, por espacio de unos segundos, pude verte. Ibas con alguien, pero no pude ver de quien se trataba. Pude deducir que ibas escuchando una música que te gustaba, porque no parabas de mover la cabeza arriba y abajo. El corazón me palpitó tan rápido que creí que me se me saldría del pecho.  Fue uno de los días más felices de mi vida, porque era la primera vez que te veía en mucho tiempo........y la última.
Ahora han pasado muchos años y como te he dicho al comienzo de esta carta no he conseguido olvidarte, y creo que nunca lo haré. Y de veras que lo intenté, hubo otros chicos que me gustaron, pero no me dieron la oportunidad de ayudarme a olvidarte. Lo de aquella poesía y aquellas cartas fue una chiquillada de una adolescente; ahora soy una mujer hecha y derecha y, aunque han cambiado muchas cosas que pensaba entonces de ti, lo que no han cambiado son los sentimientos, que siguen ahí, intactos. Una amiga me dijo en una ocasión que todos siempre guardamos el recuerdo de nuestro primer gran amor y que aunque nos volvamos a enamorar, nos casemos y formemos una familia, siempre tendremos un huequecito en el corazón para ese primer amor. Y tú eres mi primer gran amor. Ese amor platónico y romántico que todo el mundo siente alguna vez en su vida y diría que el más bonito y el que mejor recuerdo nos deja. Tú me enseñaste lo que era sufrir por amor, pero a la vez disfrutar con ello. No sé, es imposible explicarlo con palabras, hay que sentirlo para entenderlo.
¿Tú crees en el destino? Hay veces en que me da por creer que si existe. En cambio otras veces me parece algo así como de novela romántica. En fin, que no se si existe o no pero a veces me pongo a pensar y no se la razón por la cual siendo de dos países tan lejanos entre sí, nos fuimos a encontrar en otro país que a su vez está tan lejos de los nuestros, y además en un pueblito tan pequeño y que está en una esquinita del mapa. A lo mejor es casualidad, no sé. Sólo sé que allí te conocí y allí viví todos esos sentimientos que contigo aprendí que existían. ¿Sabes? A veces añoro nuestro pueblo, aunque si lo pienso mejor, creo que no es tanto el pueblo lo que añoro, sino que añoro la esperanza que tenía de volver a encontrarte, porque ahora que vivo en otra ciudad, no tengo esa posibilidad. Cada vez que vuelvo tengo el anhelo de verte, porque ¿sabes? lo necesito. Sólo me conformaría con eso, con volverte a ver frente a frente, porque necesito saber lo que mi corazón siente, y ése es el único modo. Tenerte frente a frente y mirarte a los ojos. Es la única manera de poner mis pensamientos y mis sentimientos en orden, si es que eso resulta. Pero nunca lo he conseguido, así que nunca podré saber qué es lo que realmente siento por ti.
Muchas veces he deseado poder introducirme en tu cabecita para saber que características tiene que tener una mujer para gustarte, para que te enamores de ella, y de esa forma saber qué cosas me faltan, porque supongo que si no te fijaste en mí es porque no tengo todo lo que hace falta para llegar a tu corazón. Aunque eso sí, amor, cariño, ternura y amistad tengo de sobra, lo que me resulta frustrante porque realmente poca gente que tiene tanto amor a su disposición, lo rechaza como si fuera algo fácil de conseguir. No te culpo, no he sido nadie ni nada como para llenar tus expectativas, por mucho que tú llenaras las mías.
No quiero ser pesada ni aburrirte con todo este palabrerío, pero te prometo que será lo último que sepas de mí, no volveré a molestarte. Sólo déjame contarte una última cosa. Una tontería quizás, pero quiero contártelo, ya que no tendré otra oportunidad para hacerlo.  Muchas veces he deseado que mi vida sea como una de esas telenovelas que ponen en la televisión, porque en ellas cada vez que alguien ama sin esperanza durante mucho tiempo, siempre termina por enamorar a la persona que ama, y desearía que eso me ocurriera a mí.  Pero también sé que eso sólo pasa en las telenovelas o en las películas y que  es imposible que me suceda en la vida real, así que lo único que puedo hacer es soñar que pasa ¡Que ilusa! Sé que solo son sueños, pero por lo menos en ellos soy feliz, por lo menos en ellos eres mío y me quieres. Así que ya ves, viendo la perspectiva solo me queda soñar.  
Cuando te conocí, nunca pensé que me enamoraría de ti. En ese momento solo conocí a un muchacho que me deslumbró con sus ojos y su sonrisa de niño, pero que más tarde me cambiaría la vida por completo. Fue un día más, que tal vez, para ti no fue nada, pero para mí fue el nacimiento de muchos sueños y fantasías. . . Es difícil comprender que no era nuestro tiempo, que no eras para mí, pero me consuelan los maravillosos instantes que el tiempo me permitió a tu lado y le doy gracias a dios por conocerte y a la vida por darme la oportunidad de amar.
¿Pero sabes qué? a pesar de todo el sufrimiento y de lo mal que lo pasé, me siento muy orgullosa de que esos sentimientos fueran causados por ti, que me pareces una maravillosa persona, al menos es lo que me pareció ver en lo poco que te conozco.  En fin, con todo esto, lo que intento decirte es que a pesar de los años pasados desde la última vez que nos vimos, no he podido sacarte de mi corazón y mi mente. Que sé que no puedo decir que es amor (cosa que me costó mucho esfuerzo comprender, porque en realidad prácticamente no te conozco y ahora sé que para querer a alguien hay que hacerlo aceptando tanto sus defectos como sus virtudes, y yo todavía no he encontrado tus defectos, aún sabiendo que los tienes), pero sí que es algo realmente fuerte y que no consigo sacarme de dentro. Hay momentos en mi vida en que por una u otra razón estoy triste, me siento sola o donde nada parece tener una salida y es en esos momentos, cuando más sola me siento y me encuentro, cuando más falta me haces. No te puedes hacer una idea de cuánto te necesito a veces, y no solo tu amor, sino también tu amistad, tu consuelo, tu apoyo, tu ternura y tu cariño. Pero estoy sola y sola debo superarlo. Siempre sola.
He releído lo que he escrito hasta ahora y me río, porque estoy casi convencida de que habrás olvidado prácticamente todos los detalles y momentos que te he descrito y te preguntarás como soy capaz de recordarlos todos, pero no creo que sea difícil entender, después de todo lo que te he dicho, que cada cosa y cada palabra que tu hicieras o dijeras, eran muy importantes para mí. Aunque para ti no fueran más que simples momentos de instituto, para mí eran momentos que valían la pena ser recordados.
Bueno Carlos, solo me queda decirte que siempre estarás en mi corazón, que nunca, nunca, voy a olvidarte. Solo espero olvidar los sentimientos que tú me inspiras, no a ti. A ti no quiero olvidarte nunca, quiero recordarte como el primer y más puro amor de mi vida y además, me da miedo, mucho miedo olvidarte. No me preguntes por qué, porque ni yo lo sé, sólo sé que temo no volver a recordarte. Quizás se deba a que has sido una parte muy importante de mi vida. Quiero seguir recordándote como ese amor inocente de instituto, por quien desperté a ese sentimiento que es el amor y que también me hizo descubrir el desamor, que me llenó de ilusiones y al mismo tiempo de tristezas,  y que hizo que recuerde la etapa del instituto como una de las más felices de mi vida. Te deseo todo lo mejor que la vida te pueda dar, que seas muy feliz, que tanto en el plano laboral como en tu vida personal todo sea como tú te mereces y que encuentres a una mujer que te cuide, te mime, y te quiera tanto o más que yo, y permíteme la osadía de decir que será difícil jejeje.

Adiós Carlos.

P.D.: sólo quería pedirte una última cosa. Tú tampoco me olvides, solo recuerda a una chica que cometió muchas tonterías por amor, porque no podía evitar sentir lo que sentía por ti. Siempre te querré. Te quiero.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

DE NOIALTRI VA LA COSA

BORRACHA DE AMOR

PARQUE DEL NORTE